LA PÁLIDA DAMA DE BARCELONA

Publicado en EL PAÍS, 21-11-2007

En la novela “Madame Bovary”, Gustave Flaubert comparó a su célebre protagonista con una enigmática pálida mujer de Barcelona. Investigando un poco, resultó ser el título de un cuadro del padre del realismo, Gustave Courbet. Pintado en 1854 y también conocido como “Retrato de una española”. En él, una mujer, de tez desvaída y vestido azul, se recuesta melancólicamente en una especie de diván. Así pues, el misterio no estaba en Flaubert sino en Courbet -autor de los famosos retratos de Baudelaire y Proudhon-, al que no encontré vinculación alguna con nuestra ciudad. ¿Se trataba de una de tantas “españoladas”, tan populares en la vecina república? ¿Era la modelo alguna amiga del pintor, nacida aquí? Quién lo sabe. Por eso, hasta que alguien tenga otra mejor, yo propongo una posible candidata.
La historia bien pudo empezar en 1818, en la ciudad de Nueva York. Allí vivía uno de los catalanes más ricos del siglo XIX. Se llamaba Josep Xifré y había amasado una gran fortuna en Cuba. Hacía poco que había llegado a la metrópoli estadounidense para controlar sus finanzas e iba a casarse con la señorita Judith Downing, hija de su agente de bolsa. Cuentan que la muchacha -veintitantos años más joven que su novio cuarentón - era de una belleza espectacular, muy del estilo de la época. Triunfaba el romanticismo y las mujeres cultivaban el rubor lívido en la piel, y el gesto lánguido.

Al principio, no parece que las cosas fuesen mal. Se mudaron a Cuba, tuvieron un hijo –José “Pepito” Xifré- y el negocio siguió viento en popa. Pero, once años después, el veterano empresario siente la llamada del hogar y decide volver a Barcelona. Para ello, encarga un enorme bloque de apartamentos -conocido como Porxos d’en Xifré- junto a la plaza Palau. Se trata de un inmueble con vida propia -plagado de alegorías al comercio y a la masonería- que cobija locales tan emblemáticos como el Café de les set portes. Pero en 1829 es tan sólo un edificio en construcción. Así que, mientras tanto, los Xifré se dan un periplo por Europa. El problema es que a ella no le gusta la ciudad Condal, por lo que abandona a su marido y se instala en París.
Una vez en la capital francesa, Judith Xifré se abre paso en los mejores salones. Se hace amante del escritor Henri Beyle Stendhal, que unos años después realiza una corta visita a nuestra ciudad (una noche en el hotel Quatre Nacions, contada en sus “Memorias de un turista”, obra premonitoria en la que inventa el término “turista”). Para después convertirse en amante de Prosper Mérimée, autor de la novela “Carmen” y que también vendría a Barcelona, entre noviembre y diciembre de 1846.
El drama final se produce cuando el joven Gustave Courbet, en el Salón de 1853, presenta su provocador lienzo “Las bañistas”, que desata las burlas de Teophile Gauthier y -sobre todo- de Mérimée. Meses después, un resentido Courbet pinta su “Pálida mujer de Barcelona”, quizás como sutil venganza hacia su principal crítico. Justo el mismo año que la señora Xifré regresa a la capital catalana, junto a su familia, donde pasará el resto de su vida. Su marido, convertido en un magnate del comercio, morirá dos años después, tras haber patrocinado el submarino de Monturiol, el Canal de Suez o el Cuerpo de Bomberos barcelonés.
Si la historia fue así, Courbet habría pintado el retrato de una norteamericana, casada con un prócer catalán, amante de dos genios de la literatura francesa y en la que se habría inspirado Gustave Flaubert para su Emma Bovary. Lo cual -esté o no en lo cierto- bien merece una visita a los Porxos d’en Xifré. ¿No les parece?

MI COLECCIÓN DE LETRAS ANTIGUAS

XAVIER THEROS, EL PAÍS 24-10-2007

Hace unos días, viendo una película deliciosa titulada Todo está iluminado, sufrí una insensata empatía. Su protagonista coleccionaba modestos objetos, para recuperar una memoria familiar rota por el Holocausto nazi. Y yo colecciono letras, letras antiguas. Dirán ustedes que no es lo mismo, pero se equivocan. A veces, las cosas más triviales son las que más duele perder.
Mi primer contacto con esta afición se produjo tras mi treceavo aniversario. A mediados de los setenta, en la calle Goya de La Torrassa existía un enorme almacén de vinos. Por causas que desconozco, el negocio cerró y -pocos días más tarde- unos empleados retiraron el rótulo de la empresa. Pero, para sorpresa de los más pequeños, bajo aquel letrero de madera apareció, pintada en la pared, una descolorida bandera roja y negra, sobre la que se leía: “Bodega Colectivizada. CNT-AIT.”
Yo volvía de la escuela y recuerdo aquellas letras, que unos días después ya no estaban. Quizás fue la primera vez en mi vida que tomé conciencia de que, tras mi ciudad, se escondían otras ciudades pasadas. Ciudades que, como el templo romano perforado por el metro de Fellini en una de sus películas, se dejan ver por unos instantes, para desvanecerse al más leve contacto con el aire.
Hoy les propongo un ejercicio de memoria (histórica, por supuesto). Salgan a la calle y fíjense. Seguro que encontrarán muchas piezas de este rompecabezas. Marcas comerciales que nadie recuerda. Anuncios con nombres que no nos dicen nada. Señales que -desaparecido aquello que anunciaban- nos advierten del implacable paso del tiempo. Algunas se han esfumado, enterradas bajo asépticas capas de pintura. Como los “Embutidos de Vich y aceites de Tortosa” que ofrecía a los gourmets un antiguo colmado de la plaza Sant Josep Oriol. O la publicidad de la original “Casa Santiveri”, en la calle del Call.

Otras han conseguido sobrevivir por encontrarse en edificios singulares. Éste sería el caso de la palabra “Texidor” –en letras rojas y con un dibujo de un esquemático barco- en la placita Marcús. Del mismo color y estilo que las que adornan la puerta del archivo de la Corona de Aragón. O las del hospital de la Santa Creu, en su entrada de la calle del Carme. Coronada con la inscripción “Huguet” y flanqueada por antiguos graffitis, probablemente de las guerras del siglo XVII. Inquietantes mensajes como: “Fuérese luego Oliveros”, “Breu”, “Fontanilles” o “Fuego quise”. Uno de esos lugares (sin ir muy lejos, los muros de la catedral que dan a la calle del Bisbe), donde todavía se conservan las muescas en la piedra que dejaban los soldados, al afilar en las paredes sus hoces, cuchillos y bayonetas.
Pero no todo es historia con letras mayúsculas. Anuncios esgrafiados de pequeños comercios -hoy desaparecidos- adornan muchas aceras. Como el escueto: “Licores, Aceites, Embutidos”, en la calle Arc del Teatre, esquina Lancaster. La añeja publicidad de “Semillas Fitó. Insecticidas agrícolas”, en una moderna zapatería del paseo del Born. El letrero que -sobre el bar La Bascula de la calle Flassaders- da cuenta de la amplia variedad de productos de una antigua: “Fábrica de dulces, caramelos, conservas, turrones, chocolates, grageas y peladillas”. O las colosales letras del antiguo negocio “Gay”, en la calle Fontrodona del Poble Sec. Hoy malinterpretadas y retratadas con avidez por los turistas, que creen ver en ellas un guiño picarón.

Más humildes -pero no menos evocadores- son los rotulados a brocha. Hay varios en los tejados del Eixample y en diversas fachadas, como el decimonónico anuncio de una fonda -en la calle Canvis Vells- que informa: “Casa de viajeros, hospedajes económicos, servicios (ilegible)”. El que pregona las excelencias de un comercio anónimo: “Grandes y variadas existencias. Especialidad en últimos modelos”, en la calle Sant Antoni Abad. O el del “Jarabe Duval”, en San Rafael esquina Robadors. Pasando por el dinámico texto de: “La Industria. Instalaciones y reposiciones del alumbrado eléctrico. Timbres, teléfonos, fuerza motriz, calefacción para (ilegible)”, en la calle Moles esquina Condal. O por el letrero restaurado de “Rocalla”, con un obrero de los de antes -gorra y camisa arremangada-, junto a un anuncio de tuberías de sanitario. Ambos en la calle Basses de Sant Pere.
Mis preferidas –me permitirán que opine- son dos pequeñas joyas de publicidad casera. La primera, un anuncio que parece sacado de una novela de Russinyol y que proclama: “Del Parque. Fundada en 1869”, justo encima del bar Cantonada, en la plaza Sant Agustí Vell. La otra, la placa de la calle “Pom D’or” –de cuando los vecinos se rotulaban el callejero ellos mismos- pintada en bonita caligrafía modernista, en la esquina con Sots-Tinent Navarro. Letras diseminadas un poco por todas partes, en un museo a pie de asfalto que pueden ustedes ampliar con nuevos hallazgos. Sólo hay que atreverse a mirar la calle con ojos de entomólogo y ponerse a cazar mariposas, antes que desaparezcan volando del paisaje.

LA MALDICIÓN DEL ALQUIMISTA DESHONRADO

(Artículo publicado en EL PAÍS-19/07/2007)


El anfitrionaje es algo que nos sale pintiparado a los barceloneses. Convencidos como estamos de vivir en la ciudad más chachi de la galaxia, solemos regodearnos ante el visitante con un sinfín de explicaciones –documentadas o improvisadas para la ocasión-, con las que hasta una triste capilla o una simple casa de vecinos es rebautizada como basílica o palacio, antaño floreciente y hoy hecha unos zorros por la inquina centralista. Ello es debido, en parte, a un más que justificado orgullo histórico. Y también, porqué no decirlo, al carácter ostentoso y satisfecho de sí mismo de los naturales del lugar. Así, aún sin saber nada de su pasado, esta ciudad es capaz de proyectar sobre sus muros cualquier cosa que queramos ver en ellos. La lista de invenciones y disparates que he oído contar por la calle al turista incauto podrían llenar un grueso volumen. Desde que debajo del monumento a Colón está enterrado el mismísimo almirante (al parecer nacido aquí y no en Génova), hasta que en el puente cubierto que cruza la calle del Bisbe se habían quemado brujas o que en la fachada de Sant Felip Neri se fusilaba a la gente en la posguerra.


Dislates aparte, en estos días se trabaja con celeridad para ofrecer una nueva maravilla al viajero, de la que muy pronto podremos ufanarnos todos. Después de décadas de incuria y ostracismo, se ha decidido renovar el aspecto del viejo Call. Y así ofrecérselo remozado a un público ávido de recuerdos sobre aquella minoría étnica, eliminada de un plumazo tras el progrom de 1391, en el que los buenos cristianos decidieron quemar la judería y degollar a sus habitantes.
Hace unos años, la supuesta sinagoga Maior (pues los historiadores no parecen ponerse de acuerdo en su ubicación exacta), ya fue restaurada y convertida en modesto museo, en la calle de Sant Domènech del Call. Y ahora le toca el turno a la futura sede del Centro de Interpretación de la Judería de Barcelona, patrocinada por la fundación del mismo nombre y el centro local de Estudios Judíos, en la llamada casa del Rabí o del Alquimista, en el número 8 de la calle de Arc de Sant Ramón del Call. Una elección que no podía ser más afortunada, al tratarse de la única casa que queda en pie del antiguo ghetto. Pero, como todo en esta ciudad, las cosas no siempre son lo que parecen. El inmueble también es un viejo conocido de los amantes de las leyendas locales. Una finca a la que el romanticismo ya prestó su atención por la curiosa historia que encierra.
Dice la voz popular que allá por el siglo XIV, cuando el barrio florecía de tenderos y sabios de la cercana universidad rabínica, vivía en este lugar un honrado alquimista con su familia. Un buen día, un cristiano le encargó un filtro amoroso, sin que él supiera que la destinataria de la pócima era su propia hija. Descubierto el affaire -tras el anuncio de embarazo y huida de los amantes- el atormentado alquimista decidió cerrar su negocio y trasladarse a vivir lejos de allí. Pero antes maldijo la casa que había sido escenario de su deshonra, castigándola a restar inhabitada hasta el día del Juicio Final. Y aquí es, escuetamente, donde termina la leyenda y comienza la realidad.
La realidad, según los archivos municipales (tan asépticos y poco dados a fantasías), es que en la antigua calle de Davant del Castell Nou, donde estaba el baño de las mujeres -actualmente conocida como Arc de Sant Ramón del Call- tenía su tienda, en el otoño de la Edad Media, un hebreo llamado Jussef Bonhiac, a quien la chusma capitaneada por el futuro santo católico Vicent Ferrer quemó la casa. Destruida a la altura del primer piso, desde ese día nunca volvió a vivir nadie en ella. Durante los siglos XV y XVI estuvo deshabitada y se mantuvo al margen de los derribos y nuevas construcciones que remodelaron el barrio, en uno de los primeros pelotazos inmobiliarios de la ciudad. Más tarde, ya en el siglo XVIII, su parte superior fue habilitada como coqueto jardín elevado, dentro de los muros de un palacio noble. Para convertirse en almacén y finalmente, en la segunda mitad del siglo XX, en garaje particular. Es decir, en los últimos seiscientos años la casa ha seguido en pie, medio en ruinas y sin que nadie viviese en ella. Algo que como sede de una institución -por mucho que se rehabilite y se dote de segundo piso- no va a afectar sustancialmente los términos de la maldición que parece seguir pesando sobre ella.
Visto lo cual, estén atentos. Cuando en un futuro próximo alguien les cuente la historia del alquimista y la casa maldita denle otra oportunidad a la leyenda. Quizás sea una casualidad o una patraña como las fábulas de la santa Eulalia (a quien parece que martirizaron un poco por toda la ciudad), pero lo cierto es que la maldición sigue en pie como la casa. Y ahí va a seguir, para inflamar la imaginación de la gente y permitir que los barceloneses sigamos, impertérritos, con la manía de enseñar nuestros supuestos tesoros al primer visitante que se atreva a preguntarnos. Lo que sea, con tal de presumir de ciudad.

LA LIADA HISTORIA DEL PAPEL DE FUMAR

(Artículo publicado en EL PAÍS-11/07/2007)

Según las estadísticas, el papel de fumar está en crisis. A las campañas antitabaco se suma la lenta desaparición de los aficionados a la picadura y la comodidad de los actuales fumadores estándar, que prefieren consumir su veneno morosamente envasado y en paquetes de veinte unidades. La cosa no tendría mayor importancia, sino fuera porque Cataluña es una de las mayores productoras mundiales del sector.
Para redondear la faena, resulta que nuestra principal empresa, la barcelonesa Miquel y Costas (fabricante del popular Smoking y del papel con que se hacen marcas como Ducados), ha atravesado un momento difícil. Al descenso en las ventas vino a sumarse, hará cosa de un año, una imputación por un delito contra la salud pública. Tras encontrarse, supuestamente, hasta tres sustancias cancerígenas (aparte del propio tabaco, claro está) en sus productos. El caso fue sobreseído recientemente, pero no estará de más recordar que los librillos que nos ocupan, ausentes de toda biblioteca, son uno de los inventos que, junto a la fregona o el Chupa-Chup, dan fe del ingenio innovador de este país.

Todo comenzó cuando los europeos llegaron al continente americano y vieron a los indios echando humo por las narices. Superado el shock inicial, los conquistadores se aficionaron rápidamente a fumar, regresando a sus hogares con la nueva planta. El cigarro puro, la pipa o, más tarde, el rapé serían las maneras convencionales de tomarlo. Hasta que los menesterosos, deseosos también de echarse unas caladas, descubrieron que en la basura de las fabricas de tabaco se podían encontrar los trocitos sobrantes de la confección de vegueros. Así, envolviéndolos en papel, nació el cigarrillo.
No obstante, el papel de los siglos XVI y XVII debía ser de un grosor suficiente como para convertir en una pequeña planta incineradora a cualquier fumador. Y ahí es cuando nace el llamado “papel de ensigarrar” o “papel Barcelona”, que revolucionó la forma de fumar de catalanes y españoles, conocidos desde entonces por sus extraños pitillos. Localidades como Manresa, Barcelona o Capellades se convertirían en las principales fabricantes de este nuevo producto, del que hablaban con sorpresa los primeros turistas que, a finales del siglo XVIII, comenzaban a transitar por la Península.

A diferencia del resto de Europa, aquí causaba furor el tabaco picado, enrollado en papel hasta formar un “sigarro”. Aquellos ilustrados viajeros relataban estupefactos que nuestros lejanos parientes se tragaban el humo, quizás para aliviar el hambre que pasaban. Y que era de la mayor distinción liarse un cigarrito y compartirlo con el huésped o amigo de turno. De forma muy similar a cómo la juventud sigue haciéndolo hoy en día (a escondidas de sus padres, claro está).
De hecho, fuera de nuestras fronteras nadie había fumado un pitillo hasta la invasión napoleónica, cuando los soldados del Gran Corso extendieron la afición por todo el continente. Esta moda cobró un auge inesperado en Francia, donde el “papel catalán” alcanzó una gran popularidad. Hasta tal punto que, en nuestro país vecino, la reina María Amelia pasa por ser la inventora del cigarrillo, y aún se recuerda al emperador Napoleón III como l´homme de la cigarette.
En aquellos años, catalanes y levantinos dominaban el mercado del papel de fumar. Y así hubiera seguido si inventores como Narcís Monturiol o el norteamericano James Bonsack, a finales del siglo XIX, no hubiesen inventado la máquina rellenadora, con la que los cigarrillos pasaron a tener su actual apariencia industrial.
Mientras el tabaco, tras la Primera Guerra Mundial, se convertía en un producto de consumo masivo, el liado artesanal volvía a ser una rareza peninsular. Quizás por ello, la primera edición de las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna tenía una portada compuesta por librillos de papel Jean, à la mode del cubismo. Y durante la Guerra Civil, franquistas y republicanos cambiaban tabaco canario por papel de fumar hecho en Alcoy.
La anécdota de aquellos años la puso el gran filósofo ruso Mijahil Bajtin que, condenado por Stalin a un exilio forzoso en un lugar donde no había estancos, se vio obligado a fumarse su monumental ensayo sobre Goethe, mecanografíado en papel cebolla, confiando en otro manuscrito guardado en Moscú que desapareció tras un bombardeo. Una obra del pensamiento que como el humo se fue.
Desde entonces, su consumo se ha asociado a los “enrollados”, a aquellos que saben enrollar un cigarrillo, sea de tabaco holandés o de cannabis (costumbre que, dicho sea de paso, no parece estar precisamente en decadencia). Aunque en algunos países del mundo esté prohibida su venta. Y que aquí, el barcelonés papel de fumar afronte una nueva crisis. Quien sabe si otra más o la definitiva, en estos tiempos de persecución del tabaco y gazmoña preocupación por la salud ajena.
Xavier Theros

Crónica de una presentación

Para los que ya estuvieron no supone ninguna novedad decir que, el pasado 18 de julio, se presentó en la Bodega Saltó del Poble Sec el libro: "Viaje al archipiélago de Las Batidos". Volumen nº 10 de la colección de mini libros de la editorial La Olla Express.




Se trata de la segunda parte de "Guía turística de Las Batidos", que ya publicó la misma editorial en 2003. Con texto de Xavier Theros e ilustraciones de Steven Forster.


Para la ocasión contamos con una breve muestra de folcklore batideño, a cargo de dos nativos del lugar, que interpretaron para la ocasión los temas tradicionales: "Sonríe al tiburón" y "Otra". Momento que causó gran emoción entre el numeroso público, que no cesaba de rugir, aplaudir y pedir la cabeza de los organizadores.
Por ello, en nombre del autor, del ilustrador, de la editorial, de los nativos asistentes y del rendido auditorio de ese día, les rogamos que busquen, compren, lean y a ser posible no presten este "Viaje al archipiélago de Las Batidos".
Gracias.

UNA DE FANTASMAS BUENOS

(Artículo publicado en El País-06/06/2007)

Barcelona siempre ha sido una ciudad de fantasmas. Y no va con segundas, hablo de los que dan sustos (los otros dan más grima que otra cosa). Los fantasmas se supone que son seres del otro mundo, que habitan viejos caserones llenos de telarañas. Sin ir más lejos, dando un paseo por el barrio de Gracia podemos pasar por el 43 de la calle Francisco Giner, cuyas apariciones conmocionaron la ciudad a principios de 1935. O por la cercana finca de la calle Torres 20, conocida como la casa del Demonio por la curiosa decoración infernal de su fachada (fruto, dicen, de un pacto satánico que contrajo su dueño).
No obstante, esas fincas decimonónicas, tan queridas por la imaginación popular, no siempre guardan una historia siniestra. Ese sería el caso de uno de los monumentos del modernismo barcelonés: la llamada casa Muley Hafid. Sita en el número 55 del Paseo de la Bonanova y edificada por el arquitecto Puig i Cadafalch entre 1911 y 1914.
Según la historia, su propietario era un príncipe marroquí que se rebeló contra su hermano el sultán. Y, apoyado por los franceses, se hizo con el poder en 1908. Pero, como todo lo que sube baja, cuatro años más tarde se vio obligado a abdicar y a iniciar un exilio dorado en la ciudad Condal. Aquí se encargó una gran mansión y mientras tanto se puso a gozar de la noche barcelonesa.
Aquellos años le valieron una gran reputación de millonario excéntrico. Muchas noches cerraba el Excelsior de las Ramblas, en compañía del hipnotizador Onofroff, de la popular vedette Mata-Hari o de otro famoso exiliado local, el príncipe Yusupov, asesino del místico ruso Rasputín. Excesos de los que se hizo perdonar regalando a la ciudad la famosa elefanta Julia del zoo (que moriría víctima de la metralla y del hambre en la guerra). Pero en 1917, por imperativo político, el gobierno francés le obligó a fijar su residencia en El Escorial. Y después en Enghien les Bains, cerca de París, donde falleció en 1937. En esos veinte años la casa estuvo cerrada, esperando en vano a su dueño. Hasta que, durante la Guerra Civil, pasó a ser un orfanato. Un orfanato por el que pasaron mi madre y mi tía, huérfanas de padre y con su madre dada por muerta.
Cuentan ellas, con ese desparpajo de las mujeres de su edad, que durante su estancia allí pasaban cosas raras. Una profesora, tras un concierto de música soviética, enloqueció (no se sabe si por la pésima interpretación o por lo aburrido de los himnos patrióticos). Y un cocinero, después de ver un aparecido en el segundo piso, salió gritando al jardín, arrojándose tierra y arena a la cara como un poseso, bajo una terrible tormenta, hasta que vinieron a buscarle del manicomio. Durante aquellas noches, mi tía (que nunca ha sido sonámbula) se levantaba de la cama en trance, abría un armario y se ponía a hablar con un ser desconocido. Y dice mi madre que lo hacía en árabe (o lo que ella creía que era árabe...)
Resulta difícil establecer lo que ocurría en realidad en la casa. No es raro que durante una guerra la gente se vuelva loca. Quizás por eso, teñida de malos recuerdos, al terminar la contienda la cerraron de nuevo y en toda la Bonanova se empezó a especular sobre ella. Según parece, se veían luces extrañas en sus ventanas, a las que se asomaban sombras siniestras. Se rumoreaba que entre sus paredes se había producido un crimen y que la víctima intentaba comunicarse con los vivos para denunciar al culpable. Las vecinas cuchicheaban y comentaban que algún vagabundo, buscando refugio entre sus paredes, había fallecido del susto. A resultas de lo cual, sin mucha publicidad, la casona comenzó a forjarse una macabra reputación. Se llenó de gatos y de suciedad, fue sede de los okupas durante la Transición y los pisos de los alrededores costaban de alquilar (¿los espíritus, el precio o el vecindario alternativo?) Hasta que, hará unos tres años, se convirtió en la flamante sede del consulado de México en Barcelona.
No consta que desde entonces se hayan producido nuevos fenómenos. Aunque, para su tranquilidad, si le preguntan a mi madre les dirá que el fantasma era una bellísima persona (es un decir). Un día, poco antes de que los franquistas entraran en Barcelona, le rogó al alma en pena que le devolviera a su familia. Y mi abuela reapareció, extremadamente delgada y convaleciente del tifus. Viuda, con siete hijos desperdigados y sin domicilio fijo, fue a buscar a las dos niñas. Cuenta mi madre que al verla aparecer no la reconoció hasta que mi abuela se echó a reír. Desde entonces, en mi familia, el espíritu que habitaba el palacete modernista adquirió el estatus de un tenebroso Papá Noel que les había vuelto a reunir. Un espíritu que ahora, con la vieja casona restaurada y convertida en consulado, debe estar velando por otros exiliados, por los nuevos emigrantes que llegan a nuestra ciudad. Quien sabe si buscando la forma de reunirles también con sus familiares.

Xavier Theros